Me permito hacer una invitación formal a todo aquel que amablemente pose su mirada sobre estas líneas, para que me acompañe, si así lo determina su deseo, en un singular “viaje mental”.
Imagina que acabas de salir de casa con el firme propósito de asistir a una cita que para ti guarda suma importancia. Piensa que ésta cita es tal vez el mejor obsequio que puedas regalarte. Piensa que en este instante te dispones a cumplirle una cita a la vida. Mientras diriges tus pasos al lugar de la cita pregúntate… ¿Qué te motivó a concertar dicha cita? Tal vez sentiste que mientras te sumergías en las profundas aguas de la cotidianidad estabas olvidando tu propio cuidado y decidiste retomarlo antes de que tuvieras que padecer tu descuido; tal vez no te percataste a tiempo de este suceso y ahora, en este instante, te diriges hacia esta cita con el anhelo de encontrar el sosiego y la tranquilidad que tu descuido se ha llevado; o tal vez has perdido el norte en tu camino y, después de una prolongada meditación has decidido finalmente acudir a esta cita con la esperanza de retomar el rumbo perdido.
Ahora, imagina que después de recorrer algunas calles en unos cuantos minutos has llegado al lugar de la cita. En él se encuentran una considerable cantidad de personas que, como tú, han decidido acudir para alcanzar nuevamente un punto de equilibrio en sus vidas. Te sientes exhausto y un poco molesto al ver tal cantidad de personas; al parecer, el peso de tu cuerpo se ha incrementado considerablemente y tus pensamientos bullen difusos mientras el dolor de cabeza te confunde y te hace sentir mareado. Debes encontrar un asiento para lograr resistir las molestias que siempre trae consigo la espera, además de tener que afrontar las molestias que son la causa misma de encontrarte en aquel lugar.
Al fín, en el extremo opuesto, vislumbras una silla vacía. Encaminas tus pasos hacia ella, y en el trayecto, logras percibir con mayor detalle la naturaleza de las personas que te rodean. Tus oídos perciben un constante y conmovedor llanto de bebé. Tu mirada hace un esfuerzo por encontrar la fuente del sonido y efectivamente, a unos pocos metros de distancia vislumbras a una madre tratando en vano de sosegar a su pequeño hijo, quien al no poder manifestar la causa de su molesta se refugia desesperadamente en el llanto. Un poco más allá logras divisar a una anciana recostada quedamente sobre el hombro de quien parece ser su hijo. Ella luce cansada, resignada e incómoda por encontrarse en aquel atiborrado lugar; su rostro, surcado por el paso inclemente de los años, parece expresar su más profundo deseo que no es otro que el de regresar y descansar, pese a sus dolencias, en la cotidianidad de su hogar, junto a las personas que ama, con la certeza de que en aquel lugar nadie podrá aliviarla. En sus ojos logras percibir un cierto temor, ese temor que se traduce en la esperanza de su hijo: Dejar a su madre al cuidado de las personas que podrían prolongar un poco más su existencia en este mundo o, por lo menos, aliviar un poco sus dolencias.
Sigues avanzando hacia el sitio donde se encuentra tu silla, pero antes de llegar, percibes algo que te causa suma curiosidad. Cerca a una ventana vez a una joven solitaria cuya mirada se encuentra sumergida en el limitado espacio del lugar. A diferencia de los que allí se encuentran, ella no parece estar enferma (salvo una cierta palidez en su rostro); sin embargo no puedes dejar de sentir que algo en ella está mal. Buscas una expresión en su mirada y lo único que encuentras es el vacío. Finalmente has llegado a tu silla, pero tu pensamiento se ha quedado junto a aquella joven; desde allí, aquel vacío en su mirada luce más grande, grave y abrazador. Entonces logras recordar que ese vacío ya lo habías sentido anteriormente; desde el mismo instante en que alguien deja esta vida y parte hacia lugares ignotos deja en su lugar un enorme vacío que nos recuerda cruelmente su ausencia. Entonces te resulta inevitable sentir pena por aquella alma prisionera de la nada, por aquella joven condenada a vagar por este mundo totalmente ajena de lo que en él acontece. Pero de repente consigues percibir algo más… el vacío absoluto empieza a albergar lentamente a la tristeza, se va llenando poco a poco pero de tal manera que casi puedes palparlo. La joven, víctima de la sevicia de aquel sentimiento sacude levemente su cabeza para evitar consumirse en él. Intenta despejar su mente tomando conciencia de su localización pero tal pensamiento se ve interrumpido con la certeza de que está siendo observada. Entorna sus ojos hacia el lugar donde siente se localiza su inquisidor y al encontrar tus ojos te dedica la más triste de las miradas que este mundo haya visto jamás.
Conmovido por aquellos sucesos decides cerrar tus ojos para aclarar tu mente, te preguntas ¿por qué en aquel instante pareces estar dotado de una gran sensibilidad que te permite conocer los sentimientos de quienes te rodean? o ¿siempre has tenido esa facultad y no te habías percatado de ello por estar sumergido en tus propios asuntos?
Después de que la espera se prolongara por algunos minutos más, finalmente tu turno ha llegado. Entras al consultorio, saludas a tu doctor, quien a su vez te devuelve el suyo (sin abandonar su escritura ni levantar su mirada) mientras te pregunta lacónicamente: ¿cuál es el motivo de su consulta? Le respondes que desde hace un par de días vienes sintiendo un cierto dolor de cabeza acompañado de mareos y una cierta… ¿cuál es su ocupación? (te interrumpe el médico) Escucha atentamente tu respuesta mientras te pesa y te toma el pulso arterial. Finalmente concluye diciendo: “usted es una persona muy sana, sus signos vitales están dentro de los parámetros normales, bájele al ritmo de trabajo y reduzca sus niveles de Stress. Sin embargo le voy a dar estos analgésicos para que se los tome cuando sienta dolor.” (Te entrega la prescripción médica, y continúa sumergido en sus documentos) “Tendría la amabilidad de llamarme al siguiente paciente, el señor… (Primera y única vez que te regala una mirada en los Tres minutos que tardó la consulta).
Sales terriblemente agotado de aquella sesión, preguntándote cómo es posible que alguien que trabaje cuidando la salud no te regale siquiera una mirada mientras le hablas de lo que te sucede. Recuerdas que esa tarde, con tan sólo una mirada lograste escrutar pensamientos y sentimientos de algunas personas a tu alrededor. ¿Cuánto más podrías haber conocido de aquellos seres si tan sólo hubieras cruzado un par de palabras con ellos? Habrías evaluado y recopilado información asimismo de sus voces (timbre, entonación, emisión…), su expresión, sus gestos, el contenido de sus palabras, sus pausas, sus silencios... ¿no es verdad que esta situación de deja un profundo deseo de ayudar a estas personas?
Debemos cultivar nuestras habilidades comunicativas independientemente de nuestra profesión, pues es a través de esta (la comunicación) que lograremos hacer práctico y aplicable nuestro conocimiento, ye que este es inocuo si no tenemos la capacidad de aplicarlo, transformarlo y transmitirlo efectivamente.
miércoles, 18 de marzo de 2009
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Jenny excelente artículo!! Realmente nos pone a reflexionar sobre esa sensibilidad que se ha perdido tanto en la Medicina como en las diferentes relaciones interpersonales...La mayoría del tiempo nos concentramos sólo en nuestrso asuntos y no nos percatamos de lo importante que es establecer una comunicacíón con los demás, el poder que tiene nuestros palabras y nuestros gestos,y la manera como estos pueden ayudar a una persona!!
ResponderEliminarJenny que buen articulo, nunca habia pensado de esta forma con respecto a la necesidad de comunciacion, la verdad es que en parte me conmovio la historia, pero esto solo nos conlleva a una realidad, si los medicos pusieran mas atencion a sus pacientes muchos de los inconvenietes y complicaciones de la salud de las personas no serian tan graves, Me gusto mucho el articulo, sigue asi.
ResponderEliminarUn excelente aporte el que nos ofreces en este articulo, espero que las personas que lo lean lo interiorizen, y que como futuros medicos eviten cometer esos errores que acarrean vidas. Te Felicito manejas una excelente expresión
ResponderEliminarEsta cosa se me cerró...
ResponderEliminarBueno, la verdad este articulo me gusto mucho, más que el anterior. El hecho de que el personaje evolucione con la historia y se desarrolle con ella, hace que el articulo sea más dinámico y mejor para el lector, algo que no tuvo el primer artículo quela verdad no me gusto mucho, ¿por qué? porque no me sentí identificado, porque no hubo una frase o una palabra que me enganchara... eso es importante, buscar frases que enganchen al lector a la lectura.
Muy bien todo solo que la conclusión vino como muy mediata después del desarrollo, creo que la empezó a perder desde lo de las voces, lo que esta en (). Es que eso desvía la atención, eso me paso... esta bien la conclusión pero podría ser mejor si la transición se diera un poco más fluida, como más paulatinamente, así la conclusión o la frase retorica del final tendría mucha más fuerza, cerrando como con broche de oro...
Muy bacano compañera... ¡felicitaciones!
Me gusta mucho como narras el hecho. Las circunstancias en las que se encuentra el individuo y sin duda la reflexion que deja este articulo. Muchas veces pasa eso cada segundo en miles de consultorios. Pero es bueno saber tambien que ya alguien que esta empezando la profesion se cuestione ante ello y lo haga un hecho. Te felicito. Me gustó mucho.
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